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La casa en el laberinto

lunes, 3 de septiembre de 2007 § 3


No soporto el abandono. Voy como esa Ariadna que usted dice, sí, soltando poco a poco mi hilo dorado para que me encuentren, pero lo que no sabe es que estoy pendiente de cuánto lo estiran, las presencias se miden así: si no jalan suficiente, el asunto deja de tener importancia. Le suelto unos metros más si se pierde, corro y a ver si me alcanza. Entienda que estoy huyendo de mi padre, entienda que el sólo hecho de ayudarle a usted para encontrarme es ya una traición que yo me hago. En el centro está el Minotauro. Rodeo temerosa el laberinto, usted sabe en el fondo que no deseo encontrarme con él, que quiero que usted venga, pero el laberinto es mi casa, entiéndalo así. No sé si pueda o no matar al monstruo, en esta parte de la historia es difícil tan sólo pensarlo. Si quiere entrar no suelte el hilo, aunque vaya lejos hágame saber que lo sigue, estírelo, mire que mis manos lo sufren todo, mire que mi corazón es de agua y está puesto en ellas siempre. Mire que camino, mire que el miedo facilita la decepciones profundas. Mire que soy como una niña. Necesito hechos y palabras. Lo que necesito es que me atiendan y me salven. Mire que me pierdo, mire que voy.

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